Textos cortos de diferentes temas y géneros. Desde relatos de ficción hasta opiniones de la autora
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Sábado, 15 de julio de 2006
Algunas de mis torpezas cotidianas
Resulta que últimamente me he aficionado a andar desnuda en mi casa. Si no lo hacía antes era porque vivía con mi familia y casi siempre había alguien por allí. Yo soy muy pudorosa y por eso no me atrevo a estar en traje de Eva si hay personas presentes (sobretodo si esas personas son mi mamá o mis hermanos). Pero ahora, viviendo con mi amado, ya no me da pena, así que lo hago con mucha frecuencia.
Esto no tendría nada de interesante si no fuera por un par de accidentes que he tenido gracias a esta nueva costumbre mía.
El primero ocurrió una mañana en que me levanté tarde y tuve que hacer todo lo que se hace antes de salir en menos tiempo del que suelo hacerlo. Cuando me bañé, no había alistado la ropa, así que al salir de la ducha tal como dios me trajo al mundo (con unas cuantas décadas más, solamente), me dispuse a planchar las prendas que cubrirían mi agraciado cuerpo durante la jornada. No sé qué estaba pensando cuando di un paso hacia la mesa de planchar, con el electrodoméstico aún caliente y sosteniéndolo con mi brazo a una distancia menor de la que cabe considerar como "prudente". ¿Consecuencia del sutil movimiento?: Ahora tengo una cicatriz de quemadura (leve, por fortuna) en la parte MUY alta de mi muslo derecho, la cual se hará visible cuando se me ocurra ir "de veraneo", como dirían los abuelos, y me acomode dentro del brevísimo trajecito de baño.
El segundo accidente tuvo lugar una mañana soleada de domingo, de esas en las que uno se queda en la camita hasta tarde y decide cocinar con calma, consentir al rey de la casa con una de mis escasas habilidades culinarias (como no cocino, el hecho de que le prepare cualquier arroz blanco le parece un milagro y como tal lo celebra).
Ese domingo habíamos declarado nuestro apartamento como "Nude Zone" y estábamos tal cual lo dictan los cánones. Afortunadamente no vino nadie a visitarnos de sorpresa, porque le hubiera tocado encuerarse según nuestro decreto de ese día.
Estaba yo muy contenta con el desarrollo del experimento, mejor dicho con los fríjoles, mientras él preparaba un jugo para la sobremesa y cantábamos en trío con Miguel Bosé (él por la radio, ni crean que lo iba a tener desnudo en mi casa y no sacar provecho). En esas se me ocurre acercarme peligrosamente a la estufa, que está compuesta por un sólo mueble de latón junto con el lavaplatos y ¡preciso! mi ombliguito vino a comprobar la temperatura a la que se encontraban los dichosos granos hirviendo desde hacía más de una hora (no tengo olla a presión, si algún alma caritativa se acomide a regalárnosla, se le agradece). Hoy en día, el centro de mi cuerpo parece una boquita sorprendida (mi ombligo) con su respectivo bigote (la cicatriz horizontal de la quemadura).
De estas dos experiencias concluyo que estar desnuda y acalorada es una situación poco favorable para la salud... ¡pero muy sabrosa! Como diría Giovanni Guareschi, el autor de Don Camilo "lo cual es bello e instructivo".
Por: Lylanda | Del diario vivir | Comentarios (6) | Referencias (0)
Sábado, 17 de junio de 2006
Lylanda furiosa con una amiga... y eso que es mi cumpleaños :o(
Resulta que el apartaestudio que comparto con mi amado se ha convertido en el refugio favorito para muchos de nuestros amigos. A mí me encanta esto, ya que es una muestra de que se sienten acogidos y relajados con nosotros. Todo sería perfecto si no fuera porque ya han ocurrido dos situaciones que me han molestado pero que no sé cómo manejar.
Hay una buena amiga de él que ha pasado la noche con nosotros varias veces, estamos muy bien los tres, conversamos y reímos sin ningún problema.
Sin embargo, las veces que se ha quedado a dormir, nosotros debemos madrugar al día siguiente. Yo tengo la costumbre de programar el radio-reloj en una estación que me agrada mucho y lo dejo que me arrulle entre 30 minutos y una hora para luego sí levantarme y comenzar la jornada. A mi pareja no le molesta porque ni lo escucha y sigue durmiendo hasta que su reloj interno se lo indica.
No obstante, a nuestra amiga (ya la considero amiga mía, también) parece molestarle muchísimo y no bien lleva la música un minuto y comienza ella a pedir que apaguemos el radio. Lo malo es que no lo hace pidiendo el favor, sino con la frase “¿Y ES QUE NO VAN A APAGAR EL RADIO?”, como si estuviera dándonos una orden.
A ver: estamos en nuestro hogar y tenemos el derecho de programar el radio a la hora y por el tiempo que (con perdón) “se-nos-dé-la-gana”… ¿o no? Aclaro que el volumen es el apenas justo para escucharlo pero sin sobresaltarse, es decir no es tan alto como para dar un concierto en un estadio pero tampoco tan bajo como para que sigamos durmiendo toda la mañana.
La otra situación fue la siguiente: yo había comprado un frasco de café instantáneo con sabor a vainilla (nunca lo había probado) en previsión, porque noté que se estaba terminando el frasco (de café tradicional) que estaba en uso (al que, todavía hoy, le quedan alrededor de cuatro o cinco cucharaditas).
Uno de mis mayores placeres en la vida es destapar por primera vez los frascos de esa marca en especial debido al aroma tan suave que desprende su contenido al entrar en contacto con el aire. Me imaginaba que destapar el de vainilla iba a ser algo así como entrar en éxtasis de inmediato.
Pues anoche llegué a mi apartamento y ¿qué encuentro? Que mi amado y su amiga ya habían llegado y ella ya había destapado el codiciado frasco de café vainilloso… ¡sin tener en cuenta que el otro todavía no se ha terminado!
De nuevo: es mi casa, compré el café con mi dinero, tengo el derecho de destaparlo YO cuando YO QUIERA. Y no es que esté haciendo pataleta por el simple aroma de un insignificante frasco de café… es lo que implica el hecho de que alguien a quien aprecio esté invadiendo mi terreno e imponiendo sus gustos en mi vida.
A raíz de esto he pensado que, para que alguien me esté tocando mis pertenencias o cambiándomelas de sitio o haciéndome modificar mis costumbres “porque sí”, pues mejor me devuelvo a la casa de mi mamá, que allá los que abusan al menos son familia y los conoce uno de toda la vida… ¿qué opina el lector?
Por: Lylanda | Del diario vivir | Comentarios (3) | Referencias (0)
Viernes, 09 de junio de 2006
Delirio producido por la conjunción de dos (o tres) obras artísticas...
Estoy leyendo (por enésima vez), El Silencio de los Inocentes, mientras escucho a Carlos Santana y sus guitarras ensoñadoras. La combinación sería perfecta si no fuera por el sitio en el que me encuentro, pero igual experimento una sensación que llamaría como de “orgasmo intelectual”… a pesar de que me hace falta con quién comentarlo. Sin embargo, pienso que no me atrevería a confesar de viva voz la intensísima emoción que me absorbe. ¿Alguien comprendería?
Cada vez que recuerdo la actuación de Anthony Hopkins en The Silence of the Lambs, me enamoro más del personaje del doctor Lecter. Recuerdo la intensidad de la mirada, capaz de comunicar el profundo entendimiento que sobre el ser humano posee dicho personaje, algo que ni siquiera logra transmitir Thomas Harris mediante las palabras en su libro. ¿Qué es, exactamente, lo que hizo Hopkins para lograr en mí un efecto tan perturbador? ¿Se trata de su técnica como actor, que él mismo ha definido de una manera casi despectiva así: “yo sencillamente voy, recito mi parlamento y luego vuelvo a mi casa a esperar mi salario””? (cito de memoria de un reportaje sobre el actor en la revista Gatopardo hace unos años). ¿Se trata de la conformación de su rostro, en el que la frente ocupa una mayor proporción que la que ocupa en la mayoría de cráneos, lo que le da la apariencia de un bebé encantador, pero a la vez con un destello de perversión en la mirada? ¿Se trata, más bien, de la conexión inconsciente entre su imagen y algún arquetipo enraizado en mi memoria, que me resulta fascinante y a la vez atemorizante?
O tal vez sea todo obra del director, quien le habrá indicado a Hopkins los movimientos, la calma felina de los modales y la sutil seguridad en las inflexiones de la voz que suavemente perfora hasta el hueso mientras va formulando las preguntas exactas a Clarice Starling o a la senadora Martin. (Sensación de taladro dulcificado que inmediatamente asocio con la que produce la guitarra en Samba pa ti de Santana)
En mi opinión, uno de los momentos más maravillosos de la película es la toma de frente a Hopkins mientras acaba a varillazos con uno de los agentes en Memphis. Aclaro que no es por la violencia explícita de dicha escena, sino por el goce que trasluce en los ojos de Lecter mientras sabe que tiene en la fuerza de sus brazos el poder sobre la vida del desdichado policía. Es una consciencia que no he visto en ninguno de los asesinos personificados en el cine. Creo que no ha habido Drácula alguno, por ejemplo, que se acerque a la fabulosa contención y templanza que expresan los maravillosos ojos de Hopkins en esta escena. Pienso que ahí está el meollo del asunto: Lecter es un asesino supraconsciente, mientras que los demás (vuelvo al caso Drácula o al de Norman Bates, en Psicosis) actúan movidos por ‘entidades superiores’ a su propia voluntad, ya sea una enfermedad psiquiátrica o el fantasma de la madre, o la ira y el intenso dolor, etc. Es por eso que terminamos perdonándolos, mientras que Lecter nos provoca indignación porque nos resulta imperdonable su racionalidad, su absoluta cognición sobre lo que está haciendo; a la vez que le tenemos envidia (yo se la tengo) por ser capaz de timar a toda la policía, al FBI, a Chilton y en general a las autoridades psiquiátricas del mundo entero, según la ficción construida por Harris y seguir sus impulsos asesinos sin que le tiemble un solo nervio y sin que se le note la emoción al hacerlo.
Bendito sea Anthony Hopkins: para mí, ya se ganó el cielo de los artistas con esta sublime actuación.
Por: Lylanda | Opiniones | Comentarios (4) | Referencias (0)
Viernes, 02 de junio de 2006
Ya que esto cada vez está más solo y nadie viene a dejarme comentarios, me dedicaré a escribir todo lo que se me ocurra y a pensar menos en quien me leerá.
Tal vez dentro de un tiempo, algún desocupado llegue por casualidad o por error a esta página y se encuentre con mis textos desbarajustados e incoherentes, como quien entra a una casa abandonada.
Quizá EL CAPUCCINO sea el equivalente virtual del apartamento de Joyce Vincent. Para quien no conoce la historia, la resumo aquí: se trata de una londinense que permaneció muerta en su apartamento alquilado, frente al televisor encendido, durante más de dos años sin que nadie la echara de menos. Su cadáver se descubrió este año, cuando el dueño del apartamento forzó la puerta, cansado ya de que su inquilina no le pagara la renta.
Joyce vivía sola, se había separado por causa de la violencia doméstica (lo cual nos demuestra que ésta no es sólo un problema de nuestra sociedad subdesarrollada) y ninguno de sus vecinos se percató del sonido permanente del televisor, o del mal olor que debía despedir su cuerpo descompuesto.
La gente dejó de ocuparse de alguien que necesitaba compañía y atención. Pienso en lo que habrá podido sentir en sus últimas horas, abandonada por su pareja que la maltrataba, olvidada por el mundo al que no le importaba que un televisor sonara ininterrumpidamente en el apartamento.
¿Qué podría ocurrir aquí? Una opción es que, de tanto colgar textos, termine por fin escribiendo como se debe, llegue a publicar y me llene de fama. En ese caso, cuando me gane el Nóbel, un cronista escribirá sobre mí: “Hizo sus primeros pinitos en el blog EL CAPUCCINO, en donde escribía de todo un poco hasta afinar la pluma de tal manera que hoy le ha arrebatado el máximo galardón de la literatura a escritores de la talla de un Santiago Gamboa o un Fernando Vallejo, por citar sólo a dos de sus compatriotas que han sido, una vez más, despojados injustamente del Premio Nóbel.” (Aclaro que no me gusta ni el uno ni el otro: estoy haciendo caricatura).
Lo otro que podría pasar es que, cuando yo me muera, un@ de mis fieles amig@s (si es que para ese día me queda algun@ de l@s que tienen buena memoria), al percibir el aroma de un café servido en la máquina de la funeraria, utilice su archivo de recuerdos multisensoriales y sea capaz de asociar dicho olor con el nombre de esta columna. Entonces, al terminar mis exequias (que mi amig@ las habrá pasado mirando el reloj cada cinco minutos, porque suelen ser lo más aburrido y más cuando del muerto no hay nada bueno que recordar), el personaje abrirá su portátil, entrará a Internet y se encontrará con que he escrito este texto sólo para sorprenderle con mi don de profecía por predecir aquí lo que estará haciendo dentro de unos años.
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Jueves, 18 de mayo de 2006
Este texto se me ocurrió cuando R. R. G. H. me invitó a la presentación del Informe Sobre Mujer y Conflicto Armado. Va dedicado a ella, que sí es una verdadera feminista y tiene el "agravante" de ser buena amiga.
Consejos para parecer una buena feminista:
El cabello va preferiblemente rizado, ojalá no más corto que la altura del lóbulo de la oreja. Si lo tiene lacio, va muy corto y sin peinar. Usan jeans, pero no ceñidos porque "destacar las curvas convierte a la mujer en objeto sexual para la mirada del macho".
Poco o nada de maquillaje (por la misma razón). Se usan aretes y collares grandes, pero eso sí, nada de joyería metálica (oro o plata), se permiten cuentas artesanales, piedras o semillas.
Se usa una pañoleta al cuello, que sea grande y sirva a manera de chal contra el frío. Hay que recordar que estas independientes salen de noche, por lo general solas y no van a aceptar que el hombre les preste la chaqueta para abrigarse, por eso es tan frecuente encontrar esta prenda en su ajuar. Generalmente se lleva en colores fuertes que contrasten con los oscuros de la ropa. Si no contrasta, es porque la feminista va vestida de tonos cafés y tierra.
La mayoría usa faldas largas y amplias y chalecos con motivos étnicos. El bolso siempre es muy grande y a veces se acompaña de otros más pequeños.
Calzan zapatos planos de gamuza o tenis. El único adorno permitido en el cabello es una tira de tela anudada en la nuca, en cuyo caso no se usa la pañoleta antes descrita.
A los eventos se llega sin parejo, en grupos de amigas (a veces, la pareja es una de ellas). Si es inevitable llevar al "compañero"... por que eso sí, ellas nunca tienen "novio" y mucho menos esposo; éste debe ser lo más raro posible: nada de señores de corbata. Ojalá el tipo pertenezca a una banda de música alternativa, a una etnia minoritaria o al menos que lleve el cabello largo (eso demuestra que él ha entrado en contacto con "su lado femenino"). Para sacarlo a pasear (al compañero), hay que obligarlo a ponerse un poncho de colorines, traído del viaje en bicicleta por Suramérica. Si no hay poncho, póngale un sombrero ridículo (estilo Jamiroquai) y que lleve una quena en lugar visible.
Ahora sí parece usted toda una feminista, sólo le falta tomar conciencia, estudiar y empezar a actuar consecuentemente... pero eso no es tan fácil.
Por: Lylanda | Divertimentos | Comentarios (3) | Referencias (0)